martes, 1 de febrero de 2011

Reflexión sobre la obra

Decía Nerón, el célebre emperador romano, que el teatro es un mar de fuerzas humanas: en él confluyen, en efecto, todos los sentimientos y pasiones de los pueden ser víctimas los hombres. Algo parecido decía también Federico García Lorca, nuestro gran dramaturgo: para él, el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana, la poesía entendida en sentido amplio, como expresión esencial de lo que nos constituye y nos conforma como seres mortales. Celos, envidias, deseos de venganza, amores desorbitados..., son los grandes móviles que impulsan a los protagonistas de las obras de teatro.
La comedia de Plauto que estamos representando es también un ejemplo de ello: el autor ridiculiza en ella una de las inclinaciones más habituales de algunos individuos, la lujuria, el deseo egoísta y desenfrenado de satisfacer uno de los instintos más bajos. La influencia de Plauto es decisiva en nuestra literatura, como así se manifiesta, por ejemplo, en La Celestina de Fernando de Rojas, sin duda la primera gran obra de nuestra dramaturgia: ese humor desenfadado e hilarante de Plauto está presente en muchos momentos de esta famosa tragicomedia.

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